Los primeros hitos del Camino | Foto: Celia SánchezUn camino de tierra que se adentra entre campos de cultivo, verde sembrado sobre negro, ascenso a una pequeña, empinada colina, incómodas piedras ante tus pies, flores rosas y amarillas y árboles cuajados acompañando tu paso. Casi 20 kilómetros encima de piernas no acostumbras a andar tanto. La mochila es una roca sin piedad. Los músculos, inflexibles como palos. En la primera pendiente, esa que nunca querrías subir porque sabes de sobra lo que te dolerá, comprendes un poco más. Comprendes que el Camino es la metáfora de la vida, de tu pacto firmado a cumplir. Es entonces cuando dices: “Sí, aún puedo un poco más”. Respiras hondo. Equilibras el peso. Acomodas el paso. Encuentras el ritmo. Asciendes. Soportas el dolor.
Y en la siguiente vuelta, con el premio del paisaje y de la brisa, sabes que llegaste otra vez. No al final: sólo a un nuevo punto de descanso. Avanzaste lo que correspondía para continuar andando.
La vida no se escribe en línea recta ni continuamente sobre firme en buen estado. Ésta es una de las enseñanzas del Camino. La vida gira sobre sí misma en curvas que no comprendes. Asciende. Desciende. Te exige. No sabes qué vendrá a continuación del próximo repecho ni del siguiente llano. Te incomoda. Te aprieta. Te llena de ampollas. Quema tu piel con el sol y te obliga a soportar el viento y la lluvia.
El Camino, como la vida, no se escribe en línea recta ni continuamente sobre firme en buen estado | Foto: C.S.En el Camino, como en la vida, existen dos opciones. La primera, continuar, aceptar; la primera es una entrega y una rendición a él, a su caprichoso, bello y punzante itinerario. La segunda, abandonar, optar por la carretera cómoda, decidir tú el atajo, un autobús, caer en la tentación de darle a otros el poder para hacer por ti una parte del recorrido, negarte a esa pendiente que sabes que tienes que transitar.
Si eliges la primera vía, cargarás con la mochila de todo lo que llevas a la espalda. La física contiene pantalones, camisetas, ropa de abrigo, calzado cómodo; la interior tus miedos, dudas, inseguridades, debilidades. Cargarás con la mochila y sólo debes preocuparte por andar. El resto –y el itinerario- vienen dados.
Si eliges la segunda vía, siempre tendrás la posibilidad encontrar nuevas rutas, avanzar más rápido, trazar tú un recorrido alternativo, intervenir cada paso y no culparte nunca por lo sencillo que resulta claudicar.
Como en la vida, tu libertad es absoluta, caminante.
Llueve, a ratos intensamente. Pero, de nuevo, el Camino facilita a su modo mágico el tránsito. Un bosque tupido, helechos, robles, eucaliptos, verdor intenso y silencio, impide que te empapes hasta los huesos. Si te detienes, si no miras únicamente al frente sino también a ambos lados, comprobarás que, a cada paso, surgen ante ti regalos. La belleza de las gotas de agua prendidas en las telas de araña, musgo suave al tacto, árboles altos y antiguos, señores de su espacio, guardianes y protectores de la senda. El olor del campo mojado. La niebla envolviendo historias fantásticas, las leyendas de un territorio antiguo que alguna vez soñaste o antes viviste y que, ahora, vuelves a ver.
Ponte Maceira | Foto: C.S.Nuevamente, el Camino te ofrece dos opciones si quisiste avanzar sólo por él. La primera, caminar con alegría, saber parar para observar, enriquecerte de todo lo que con tanta generosidad se te brinda sin que importe llegar a la hora establecida: importa estar plenamente ahí donde en ese momento estás.
La segunda, caminar con el reto de un plusmarquista, correr hacia la meta, avanzar hacia el objetivo en el menor tiempo posible; sólo avanzar, adelante y nada más. Tus piernas se hacen más fuertes y compruebas que, a medida que pasan los días, aguantas más. Te estás convirtiendo en una máquina casi perfecta. Consigues logros.
Como en la vida, tú eliges, caminante. Pero si no giras la cabeza a derecha e izquierda todo eso sutilmente hermoso que surge ante ti se perderá. Sencillamente, no lo viste.
(Dos primeras etapas. 40 kilómetros, 20 cada una.
Día I, lunes. De Santiago a Negreira. La Catedral de Santiago de Compostela tiene mucho ya de atracción. El turismo se ha comido la mística, pero si buscas, encuentras. Entre el barullo, aún queda prendido algo en puertas, techos y capiteles. Mariposas blancas bailan y reciben los primeros pasos, con la silueta de la seo aún al fondo.
Vista del interior de la Catedral de Santiago | Foto: C.S.La ruta empieza a adentrarse por el corazón coruñés. Un paisaje espléndido al sol, repleto de casitas coquetas, colores y aromas, subidas y bajadas. La última es el Alto do Mar de Ovellas. El sendero se empina y se empina. Coronas las cuestas y, al bajar, Carballo te obsequia con la paz y el viento, caballos poderosos y tranquilos, campos eternos. Avanzas casi sin querer hacia la magia medieval y el poder del agua, el sol y la piedra que ganan batallas y protegen el legado en su viaje hacia el sol. Ponte Maceira aparece, porque ahí es donde siempre quisiste descansar. En Negrerira duermes. Victoria, del Albergue San José, tiene para ti una sonrisa gallega, una litera, un té caliente y algo que comer. Es noche de luna llena. Dice que han pasado cosas, pero no nos las cuenta.
A Pena, el bar de Antonio, reúne a los peregrinos empapados que se toman un respiro | Foto: C.S.Día II, martes. De Negreira a Maroñas. Llueve, llueve, llueve. En ocasiones, con sutileza; otras, contundentemente. Un bosque fabuloso protege, nutre y rodea. Los pies sortean charcos. En A Pena, el bar de Antonio reúne a los peregrinos empapados que se toman un respiro. Tortilla francesa, beicon y salchicha en un plato combinado a 2,70 euros que sabe a aldea. Antonio ha cumplido más de tres décadas tras la barra. Sonríe, tiende su mano y nos dice: “Están en Galicia”. Por allí aparecen Jean Carlo, italiano canoso dorado por el sol, y su colección de vieiras. Camina de vuelta de Finisterre y muestra con devoción las imágenes que su móvil captó de una puesta de sol desde el faro. Son tan hermosas como las que deseas ver. Cuando te adentras en el rural, tractores, vacas, estiércol y sembrados, deja de llover. La niebla levanta y Gabriela es escoltada por un rebaño de vacas al entrar en Maroñas, fin de trayecto.)
¿Por qué pasa lo que pasa? La previsión del tiempo indica una ligera mejoría para el miércoles y jornada sin lluvia. Podemos avanzar con comodidad. No tendremos más agua que la de los arroyos que encontremos. ¿Por qué pasa lo que pasa? Al amanecer, Gabriela no puede andar. Ciática. Paradas en Maroñas. Hotel Rural Santa Eulalia.
Otro Antonio, éste también al frente del negocio familiar, nos acerca en su Mercedes a una farmacia cercana. La farmacéutica recomienda analgésicos y reposo.
Paradas en Maroñas. Escoradas del itinerario. Una casona de piedra rehabilitada. Una cómoda habitación con mirador y vistas al monte verde. Poco más.
¿Por qué pasa lo que pasa? El camino interviene nuevamente con su enseñanza y sus dos opciones. La primera, división: la paralizada en cama, la que puede moverse puede descubrir la belleza prometida de las cercas Rías Baixas. Noia está a unos 12 kilómetros. La lengua de mar entrando en tierra se ve claramente en el primer repecho junto al hotel.
"Un ángel poderoso indicando el cielo brazo en alto; en su otra mano, la trompeta de la llamada" | Foto: C.S.
La segunda, unión: nos quedamos. Asumimos que el camino nos ofrece descanso porque ambas lo necesitamos. Contener el nervio, el afán de más. Sosegar. Esperar. Confiar. Tener paciencia. Aquí hemos llegado por algo.
Como en la vida, todo pasa porque tiene que pasar. No es necesario entenderlo. Sintámoslo.
Sentimos quedarnos (quedarme) y que tras la comida –sencilla, pero deliciosa: verduras cocidas y pescado. Exquisita patata gallega. Lenguado fresco- debíamos pasear. “Cuidado con la carretera”, advierte Antonio. La carretera, de un único carril en ambos sentidos, carece de arcén. Trazado de curvas. Justo cuando decidíamos la dirección a seguir (a la derecha, baja y sube; a la izquierda, sube y baja) pasan dos camiones con el acelerador envalentonado. Sentimos que ése no era nuestro sitio. No había que buscar esa tarde la vista de Noia.
En dirección contraria, nos adentramos en el monte. Apenas unos pasos, sin dar tiempo a que el lento andar de Gabriela se resienta, aparecen las ruinas de una antigua iglesia. Ruinas llenas de verdín, comidas casi por la vegetación. Un techo caído, un cementerio olvidado, un campanario mudo. Coronando el conjunto, un ángel poderoso indicando el cielo brazo en alto; en su otra mano, la trompeta de la llamada. “Miren las estrellas. Escuchen”. Todo habla pese al avance del deterioro, al paso del tiempo. Habla con la intensa elocuencia del silencio, el eco que quedó de un llanto antiguo, la palabra eterna que permanece inalterada e inalterable.
Pinturas de Pedro García Lema | Foto: C.S.¿Por qué pasa lo que pasa? Antonio nos la presentó como “mi señora”. Maria es rubia, de ojos azules. La dulzura, pese al sacrificio que se adivina en su apariencia, aún no se fue del todo. Nos cuenta que “dejaron caer” la vieja iglesia de Santa Eulalia. Que se llevaron su bello retablo a la “nueva iglesia”, en el pueblo de la farmacia. Que la “nueva iglesia” es, en realidad, una nave. Antonio completa después el relato: la edificación, del siglo XVII, daba vida a la aldea… hasta que uno de los párrocos decidió trasladar su residencia al “pueblo nuevo”. Fue el inicio del fin.
“Y este hotel, esta casa, es aproximadamente de la misma época de la iglesia”. Levantada por un bisabuelo o tatarabuelo, arropó al unificador templo que sobrevive entre matas de verde gallego. “Aquí nació mi tío Pedro García Lema”.
¿Quién es Pedro García Lema? De vuelta a la habitación, comprobamos que el recibidor de la casita de piedra donde nos alojamos es un homenaje a ese hombre. Pintor, filósofo, intelectual, diplomático. Nacido a comienzos del siglo XX. Vivió años en Estados Unidos. Sus cuadros cuelgan de la National Gallery de Londres. Un monasterio gallego es ahora su museo permanente.
En la mesa de ese recibidor, está el catálogo que nos deja ver las reproducciones de sus mejores lienzos. “Pintor del cosmos”. “Visionario nato de los espacios celestes”. Así decían de él quienes le admiraron en vida, entre ellos Gregorio Marañón.
La iglesia de Santa Olalla, derruida | Foto: C.S.Por cierto, pintaba ángeles.
Jueves: tercera etapa en ruta. De Maroñas a Olveiroa
Antonio nos acerca en su Mercedes negro hasta la continuación del camino. Y un arco iris bellísimo recibe nuestra vuelta entre el verdor de los campos y una suave llovizna al fondo. El camino hacia Olveiroa es un paseo de unos 12 kilómetros aproximadamente por carreteras secundarias bien asfaltadas y aldeas ganaderas donde hombres y mujeres madrugan para ordeñar las vacas y adecentar los establos. Huele a res y a calma. Cantan los gallos, gatos y perros nos saludan o espían y los hórreos, con el maíz a cubierto, jalonan una caminata sencilla y tranquila. Nos llevan en volandas.
Así, sin darnos cuenta, entramos en Olveiroa. Nuestro alojamiento es hotel y albergue a un tiempo. Un peregrino rubio, tostado por el sol y solitario, lava la ropa a mano y sábanas blancas se airean movidas por el viento que traerá más agua. Olveiroa son poco más que una treintena de casas, un cementerio con románticas cruces erguidas frente al gris desde hace decenios y, también, un buen restaurante donde el caldo gallego entona, apacigua y cura.
Los repollos crecen hermosos en las huertas junto al río. Es el fin del pueblo y el arranque de los próximos vericuetos en la ruta de la concha amarilla que se adentra monte arriba. Pero eso será mañana.
Esta noche, “Lo que el viento se llevó”, en La1, me muestra en imágenes de cine qué ciega es la ilusión.
Hórreos bajo la lluvia | Foto: C.S.Viernes: cuarta etapa en ruta. De Olveiroa a Cee
Un buen desayuno, café largo y adelante. Hoy veremos el mar por primera vez. Las hojas de ruta anuncian, en los próximos 17 kilómetros, una subida pronunciada y terrenos adustos al paso, escasos de vegetación, contrastes entre tanto vergel.
En los primeros pasos, las hoces del río Xallas, importantes, discurriendo por territorios donde los pies del caminante (si mira y busca) se topan con piedras brillantes de tonos verdes marinos y azules profundos. Una parte del andar la hacemos con David. Llega desde Granada con un grupo de amigos, todos andaluces. También él va hacia el Fin de la Tierra. Está ilusionado y asegura que, en la vida, prefiere dejarse llevar. Avanzamos juntos por, efectivamente, la zona más pobre en arbolado. Un pinar repoblado, una loma a merced de los vientos que hoy no nos castigan demasiado.
Antes, minutos antes, Gabriela y yo habíamos parado pasos en la Ermita de Nuestra Señora de las Nieves. El altar está lleno de ofrendas y oraciones, peticiones, agradecimientos, escritos en varios idiomas. La talla de piedra ha borrado ya los contornos, los rasgos femeninos, pero la mágica energía permanece intacta. Es un lugar sagrado, otro más.
En lo alto de la loma, dejamos a David en su pausa para el bocata y olemos mar de fondo. Efectivamente: frente a un hito donde puede leerse claramente la palabra “PAZ” aparece la primera vista de Finisterre, el cabo y el faro. Estamos atravesando una puerta hacia un final y un principio. Lo sentimos. Lo sabemos. Lo agradecemos. Lo permitimos.
El camino, jalonado de pedruscos, desciende –en ocasiones bruscamente- hacia el mar. Sale el sol. Empieza a calentar. Las vistas son excepcionales. El horizonte es azul en el cielo y azul en el mar. Cee y Corcubión están ahí, juntas, con su playita y su barcas varadas.
Llegamos. Y es verano otra vez.
Vista de Corcubión y su puerto | Foto: C.S.
Sábado: quinta etapa en ruta. De Cee a Fisterra
El verano duró poco. Amanecemos, somos dos más (Elena y Picola se nos unen) y llueve otra vez. El Cielo quiere que, por una pirueta azarosa, le demos un giro al camino. Andando, andando, llegamos a Lires, a la atlántica playa de Lires envuelta en brumas. Arrecia el temporal. Agua racheada cae bandeando los impermeables que sirven de poco. Clama el paisaje con un fragor antiguo que reconozco. Embiste, pero sosiega el corazón tanto naufragio de siglos y siglos.
El mar de helechos en el Camino de norte a sur, de Muxía a Fisterra | Foto: C.S.Estamos enlazando, sin saberlo, con la ruta de norte a sur. La que parte de Muxía y llega a Fisterra entre exigente caminata y bosque hondo. Haremos el doble de lo previsto. Cerca de 20 kilómetros escarpados por terrenos tomados por el barro y escasísimas aldeas a la vista.
El Camino enseña a sufrir. Pero en la exigencia otorga regalos hermosos. Es imposible describir cómo huele un mar de helechos bajo la lluvia o qué se siente cuando una perdiz dirige sabiamente parte de tu andadura. No ves aún el faro, pero sientes que una luz te guía. Hacia ella vas. Estás a tiempo, vas en tiempo. Sabes que la ayuda llega justamente cuando la necesitas
Picola se rompe. Anuncia que no puede dar un paso más. Causalmente (que no casualmente) estamos en una pequeña aldea. Le contamos nuestro problema a un labrador que ahora se afana entre las malas hierbas de la huerta y el jardín. De inmediato, ordena a un familiar que saque el coche del garaje (un antiguo modelo de Volskwagen) para que Picola llegue al Fin de la Tierra, aunque sea sentada.
La aldea lleva por nombre San Salvador. Está a escasos tres kilómetros de Fisterra. Nosotras continuamos marcha, conocedoras de que la última curva en esta travesía se acerca.
En el Fin de la Tierra nos recibe, con los brazos abiertos, un mar sin final.
Finisterre y el faro
El final del Camino: Finisterre (o Fisterra) | Foto: C.S.Finisterre (o Fisterra) tiene un faro. En el faro, un hito kilométrico señala, con su 00´000, que estamos en un último tramo… y en una primera etapa. Ahí llegaron los que consiguieron salvar el legado y lanzarlo al mar rumbo a América, guiándose por la estela que traza el sol sobre luminosas aguas cobalto. Un camino de sueños, una energía alegre y poderosa que salva y vence cualquier tumulto, cualquier guerra, cualquier dolor, cualquier intento de frenar su paso.
Juan tiene un precioso hotel rural, el último hotel rural a este lado del mundo, el Insula Finisterrae. En familia, desayunamos sus exquisiteces galegas. Sus filloas, su tarta de Santiago, su tarta casera de manzana, bollos, pan tostado… Miramos el mar a través de sus cristaleras, las nubes forrando el cielo, la luz abriéndose paso.
Antes de llegar a ese kilómetro cero del mundo, en una desviación de la subida (y en otra subida) está lo que un cartel define como “Conjunto arqueológico de San Guillerme”. Pero es bastante más que eso. Es un lugar para venerar el poder del corazón y la savia nueva que arraigará. Aquí pararon muchos, muchos miles de años antes. Se detuvieron en este Fin de la Tierra y, agradecidos, pidieron ayuda, paz y amor para enviar lejos todo lo que les enseñó el Camino. Es un lugar mágico, sagrado y antiguo.
El último faro del mundo irradia su magnetismo entre orvallo y bruma, referencias grabadas a Hispanoamérica e imágenes de delfines. Su mensaje es el mismo que surge de la gruta de San Guillerme: Es un final, es un principio… es un andar, paso a paso.
Ilumínanos. Iluminemos unidos.
En la playa del Mar de Fora, el Atlántico tumultuoso, bravo, aliado y amigo, agita las historias. Asiste, sostiene, acepta… y perdona.
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